• Daría Agramunt

La sabiduría del tiempo, en mi propia vida



Mi nombre no es lo más relevante, ni importante. Ser hija, hermana, esposa, madre y abuela,

¡Sí!


Fui la primogénita de mi familia, y años después se unieron mis dos hermanos.


Eran los años cuarenta, y aunque la riqueza no era lo más abundante, éramos privilegiados.

Recuerdo perfectamente los viajes que hacía con mi padre. Cuando salíamos del pueblo, no

era posible, como ahora, ir y volver el mismo día, así que, dormíamos fuera de casa. Era

fantástico, experiencias que disfrutaba en exclusiva con mi padre, teatros, espectáculos, cine,

museos y como no, alguna que otra reunión para conseguir un buen trato en su trabajo.

Siempre estaba con él, era la ventaja de ser la mayor, y que mis hermanos fueran demasiado

pequeños para viajar. Mi padre me protegía y complacía sin pedirle nada, no era necesario,

simplemente lo tenía todo, o eso creía. Mi abuelo, gestionaba uno de los cines del pueblo, lo

teníamos al lado de casa, como os decía, una privilegiada que no se perdía ningún estreno

cinematográfico.


Las horas del día daban mucho de sí, incluso, hasta para atender mis obligaciones y tareas de

casa. Cuidaba de los dos pequeños, eso me daba una madurez que realmente no tenía, pero

me gratificaba ser la hermana mayor. La figura de mi madre, era lo único que no encajaba en

esa felicidad. Muchas veces estaba enfadada, discutía con mi padre y no entendía el porqué.


- ¡Pero mama! Vámonos al cine con papa, el abuelo nos guarda buenas butacas, podemos ir

todos. Venga... ¿Porque nunca quieres salir con nosotros? ¿Prefieres quedarte en casa?


- Si nos vamos todos, ¿quién hará las tareas de casa?


La casa estaba reluciente, limpiaba sobre limpio, y guisaba como los ángeles. Pero siempre

estaba triste, tenía la sensación de que no nos quería. Esto me entristecía, y no me hacía sentir

bien.


A medida que iban pasando los años, dejé de ser la única que viajaba. Mi padre tenía que

complacernos a los tres, y así era. Y aunque salía menos, las excursiones continuaban siendo

especiales, como cuando era pequeña.


En cambio, la expresión de mi madre, cada vez era más angustiante. Su obsesión por la

limpieza y no saber disfrutar de nosotros, me partía el corazón. No entendía su infelicidad,

tampoco sabía que llegaría a entenderla cuando me hiciera mayor.


En mis intentos de no estar muchas horas en casa, tal y como mi edad requería, conocí al

hombre más apuesto y bondadoso. Me cautivo nada más conocerlo. Ya no era solo la excusa

perfecta para salir de casa, sino mi necesidad de pasar el máximo tiempo posible con la

persona a la que amaba. El apuesto galán se convirtió en mi esposo, y el padre de mis hijos.


Mis cinco hijos y las obligaciones como madre, absorbían las horas del día. Mis tiempos, ahora

iban a otro ritmo. Mi marido era el que trabajaba fuera de casa, aun así, pasaba infinitas horas

con ellos. Excursiones, juegos, paseos e incluso se los llevaba a su trabajo en la oficina. Un

excelente padre. Y yo, asumía todas las tareas de casa. Siete bocas que alimentar y cuidar era una tarea que no nos permitía descansar. Y la realidad era, que mi vida era exactamente la que

vivían mis padres, pero ahora yo era la protagonista.


Mi felicidad se desmoronó a los cuarenta y siete años, me quedé sola al cargo de cinco hijos. La

tristeza y el esfuerzo que asumí en mi lucha por sacar adelante a mi familia, me paso factura al

cabo de varios años. Una depresión en el momento que menos lo esperaba, me hizo entender

muchas cosas de las que había vivido. Eran otros tiempos, y tuve la suerte de tener un

diagnostico para lo que me estaba pasando. Y aquí, entendí el porqué de la tristeza de mi

madre, me quería, por supuesto, pero nadie sabíamos que le estaba pasando. ¡Tardé en

entenderte mamá!, pero ahora sé que nos querías. Tú, eras la que más ayuda necesitabas.

Pensaba en mi vida y como había criado a mis hijos, el papel y la ayuda de mi marido con

nuestros hijos, y era exactamente, el mismo que hicieron mis padres con sus hijos.


Hoy con 85 años, no cambiaría nada de mi vida. Querer y tener a mi familia es lo más

gratificante. Pero como buena hija, hermana, esposa, madre y abuela de mis cuatro nietas,

debo daros un consejo:


Disfrutad, proteged y cuidar de los que amáis, pero nunca, nunca llevéis prisa en vivir. Nuestro

tiempo en la vida es tan importante como a los que amamos. Vivid y disfrutad de la vida, pero

siempre SIN PRISA.