• Viero Marrovir

Luna, estrella y mar



Había una vez una estrella que lo que más le gustaba era bajar por las noches del cielo para mirarse en el mar. Cuando oscurecía y todas sus amigas salían a brillar, ella, muy disimulada, en cuanto no le veían, echaba a volar muy deprisa para llegar a la Tierra y quedarse encima del mar.


Al estar muy cerca, casi rozando el agua, se veía reflejada en ella y se quedaba mirándose mucho tiempo, totalmente ensimismada.


La Luna desde el cielo, había observado a la estrella, y había visto cómo, casi todas las noches se acercaba peligrosamente al mar. Por eso estaba preocupada. Sabía que por las noches los pescadores salían con sus barcas a pescar, y temía que si veían coqueteando a la estrella, le echasen la red para atraparla.


La Luna habló con la estrella para advertirle del peligro. Pero la estrella, orgullosa de su belleza, y deleitada con su reflejo, no quiso escucharla.


¿Para qué van a querer capturar los hombres una estrella?, le dijo a la Luna. Una estrella no tiene valor para ellos, en cuanto se hiciera de día, ya no verían mi resplandor y no les parecería bonita.


¿No sabes que a los hombres lo que les gusta es coleccionar cosas, aunque no les sirvan para nada?, contestó la Luna. Lo hacen simplemente por el placer de poseer, de sentirse dueños de algo que antes era libre. Los seres humanos son así, algunos sólo se sienten satisfechos cuando poseen muchas cosas.


Pasaron muchas noches, y la estrella continuó con sus escapadas. Hasta que un día, según se estaba acercando al mar, vio de repente unas lucecitas y oyó unas voces de humanos. Antes de continuar volando, observó callada lo más cerca que pudo, intentando averiguar qué era aquello que estaba en medio del agua oscura, y que se movía con las olas.


Ver, no pudo ver mucho, pero si volvió a oír voces. Entonces pensó que serían de los hombres, de los que hacía tiempo le había hablado la Luna. Recordó sus palabras y no se acercó más. Pero como estaba muy atenta, oyó que un hombre le decía a otro:


¡Mira ahí arriba!, parece que una estrella se hubiera caído del cielo, ¡fíjate lo cerca que está!


El otro hombre contestó: –Es verdad, ¡si estiramos los brazos parece que la podemos tocar!


Al oirles, la estrella se asustó mucho y rápidamente echó a volar hacia arriba, más deprisa que nunca, pensando que la Luna tenía razón. Los hombres podían haberla atrapado y nunca más hubiera podido volver al cielo con el resto de sus compañeras. Pensó que era muy divertido eso de mirarse en el agua y contemplar su belleza, pero era más importante sentirse libre y brillar por las noches. Por eso, por primera vez le gustó la idea de ser una estrella más que brilla en el cielo. La estrella lo pensó y se sintió muy contenta por ello.