• Manuela Ramírez

Mi último aliento



Un golpe seco me despertó. No sabía dónde estaba.


Intenté levantarme, pero estaba inmovilizada de pies y manos. Una barra metálica separaba mis

piernas.


Mi corazón comenzó a bombear muy fuerte. El eco de mis latidos me rogaba que escapara de

allí. Grité con todas mis fuerzas, pero algo en mi boca impedía que los sonidos fueran algo más

que un lamento ahogado, y entonces lo vi.


Era un hombre de mediana edad, extremadamente delgado. Tenía el pelo cortado casi al cero y

sus ojos mostraban una mezcla de complacencia y esperanza.


Traté de gritar pidiéndole ayuda, suplicándole que me liberara. Pero su sonrisa y el bisturí que

me mostró, aclararon mis dudas. Iba a morir allí.


Se acercó y comenzó a rasgar mi vestido con lentitud estudiada.


Volví a gritar y mi cuerpo empezó a agitarse sin control porque, a la vez que cortaba mi vestido,

cortaba mi piel.


El dolor que me estaba infringiendo era terrible. Se deshizo de los jirones, y horrorizada vi los

cortes que comenzaban a sangran despacio.


Me miró fijamente y, sin decir una sola palabra, apoyó el bisturí en mi pecho. Con mano firme

comenzó a hundirlo sin prisa.


Mi carne rompió a hervir de dolor, pero mis movimientos incontrolados no detuvieron su mano.

El terror y la angustia se apoderaron de mí. Cuando vi el separador de costillas, grité aún más

fuerte. Noté cómo la carne se separaba y cerré los ojos mientras mi vida se apagaba entre sus

manos.