• Manuela Ramírez

Uisge... Agua



―¡Observa atentamente, Sam! ―dijo el profesor Óscar O’Brien.

―Pero, profesor… no veo nada especial ―respondió su alumno, cansado de llevar el equipo de grabación a cuestas.

―¿Cómo que no ves nada especial? ¡Estás loco! ¡Mira la cascada multicolor, es de una belleza incomparable! Es… hipnótico… ¡Graba… grábalo todo! ―gritó O´Brien, entusiasmado.

Sam prestó toda su atención, ya que deseaba ver lo que le estaba describiendo; pero seguía sin tener éxito.

―Profesor, yo solo veo… agua… ―comentó, mirando de manera intermitente a través del visor de la cámara y de sus propios ojos―. Sí, es una cascada preciosa… pero no veo nada fuera de lo común.

Óscar ni siquiera lo oyó. Con prisa, se quitó toda su ropa y, antes de sumergirse con agilidad, dijo:

―Solo los ciegos de corazón no ven, Sam. Entra en el agua, ella te espera…

―Pero… ¿qué? ―respondió su alumno al verlo nadar con fluidez.

Sam colocó el trípode de la cámara en el suelo, se aseguró de que el visor enfocara tanto a la cascada como a la laguna y se desvistió para entrar en el agua.

«Ella me espera… ¿Qué habrá querido decir?», pensó.

Y, sin más, se zambulló en el agua.

De la nada, sintió como miles de agujas le atravesaban la piel, como si aquel agua fuera una conexión directa con alguna fuente de energía desconocida.

Una descarga eléctrica lo dejó sin respiración. Abrió los ojos y gritó bajo el agua. Asombrado, vio cómo de sus labios una onda expansiva se propagaba sin esfuerzo; pero lo mejor estaba por llegar. La onda volvió hacia él como un bumerán y activó cada célula de su ser. La segunda descarga lo dejó paralizado obligándole a cerrar los ojos. Cuando la sensación de quemazón disminuyó, algo hizo que los abriera de golpe… una voz.

―Saaaaaaaammmmm…

Miró alrededor buscando quién emitía ese sonido celestial que parecía la melodía de la creación, pero no distinguió nada.

―Saaaaaaaammmmm…


Volvió a oír con mayor nitidez. Tragó saliva y fue consciente de que estaba respirando bajo el agua. Una sombra desdibujada se acercó despacio y, cuando estuvo a su altura, se convirtió en una mujer de indescriptible belleza. Sus ojos cambiaban de color según el reflejo de la luz, y su larga melena de color negro flotaba a su alrededor como si fuera seda.

―Saaammm… Al fin… nos conocemos… ―dijo ella con musicalidad.

Él entró en pánico e intentó subir a la superficie, pero parecía que algo lo retuviera bajo el agua.

―¡Nooooo! ―vocalizó muy asustado―. Pero ¿cómo? ―preguntó con una mezcla de miedo y curiosidad.

―Porque yo te lo he permitido… Saamm ―aclaró ella.

―Puedo respirar y hablar debajo del agua… ¿Cómo es posible? ¿Estoy soñando? Acaso… ¿estoy muerto?

―Nooo, querido Saamm. Estás vivo. He conectado contigo a través del agua… y te he concedido la capacidad de verme y oírme ―respondió la mujer.

―¿Por qué? ¿Quién eres?

―Mi nombre es Uisge… en vuestro idioma sería… Agua, y soy el origen de la vida. Mis hijos recorren la tierra y procuran que su sed se calme. Todos los seres vivos depen-den de mí, pero mi existencia se está viendo amenazada por vuestra inconsciencia.

―¿Nuestra inconsciencia? No te entiendo.

―Cambiáis mi rumbo, envenenáis mi camino, ensuciáis todo lo que tocáis sin pensar en las consecuencias de vuestros actos para el futuro de todas las almas que habitan la Tierra. Sois avariciosos, irresponsables y egoístas.

―Lo sé. No lo estamos haciendo nada bien ―dijo Sam, avergonzado.

―El primer paso es reconocerlo; el segundo, actuar.

―¿Y qué puedo hacer yo… si no soy nadie?

―Te equivocas. Ahora formas parte de mí y llevarás un mensaje que todos entenderán. Si no cambian su manera de actuar, paralizaré mi camino. Todos mis hijos cambiarán de rumbo y me llevaré conmigo a los seres vivos que habitan bajo mi protección. No podréis encontrarlos. El mar será innavegable. No podréis regar vuestras cosechas, ni dar de beber a vuestros animales ni a vuestros hijos. Las reservas se quedarán vacías y no hallaréis el medio de remplazarlas.

Sam se quedó estupefacto. Ella se acercó y le tocó con su mano derecha a la altura del corazón.


Una marea de conocimiento lo barrió por completo, mostrándole lo que debía hacer.

Uisge sonrió levemente y dijo:

―Regresa, Saamm. Sálvame para que pueda salvaros a todos.

Comenzó a desvanecerse proporcionando una luz y un calor tan dulces que reconfor-taron el alma de Sam.

Este salió a la superficie y miró a su alrededor. El profesor descansaba sentado en la orilla leyendo un libro.

―¿Sam? ¿Has acabado? ―preguntó O’Brien.

―Profesor, no va a creer lo que me ha pasado…

―Ahórrate la explicación y vamos a cambiar el mundo.